Antes de que nuestros nombres aparecieran en las portadas, ya estábamos contando historias.

Las contábamos alrededor del fuego, mientras molíamos el maíz, al borde de las camas donde alguien nacía o moría. Las susurrábamos en las cocinas, las bordábamos en los manteles, las escondíamos entre las páginas de los cuadernos. Las transmitíamos de madres a hijas, de abuelas a nietas, de mujeres que conocían el peso de la palabra, aunque muchas veces les hubieran negado el derecho a escribirla.

La literatura también nació allí.

Durante siglos, la historia literaria se construyó sobre una contradicción: las mujeres sostuvimos buena parte de la memoria colectiva mientras nuestros nombres eran excluidos de los registros que pretendían conservarla.

No faltaron escritoras. Faltaron oportunidades, reconocimiento y voluntad de leerlas.

Y, sin embargo, escribieron.

Escribieron cuando publicar significaba desafiar las convenciones sociales. Cuando el conocimiento era un privilegio restringido. Cuando firmar con nombre propio podía representar un escándalo. Cuando la maternidad, el trabajo doméstico y las obligaciones del cuidado dejaban apenas unos minutos para encontrarse con una página.

También escribieron por placer, por curiosidad, por ambición artística, por el deseo profundamente humano de inventar otros mundos.

Porque reducir la escritura de las mujeres a una historia de sufrimiento sería cometer otra injusticia.

Las mujeres no escribimos únicamente para denunciar nuestras heridas. Escribimos también para celebrar la vida, explorar el pensamiento, ejercer la imaginación y conquistar la libertad de crear.

El derecho a nombrar

En El Salvador, nuestra tradición literaria guarda voces imprescindibles.

Claudia Lars, Claribel Alegría y Matilde Elena López forman parte de una genealogía que no puede comprenderse como una nota al margen de la historia cultural del país. Sus obras ampliaron las posibilidades de nuestra literatura, exploraron sus contradicciones y enriquecieron sus lenguajes.

Pero junto a los nombres reconocidos permanece una multitud de voces que apenas comenzamos a descubrir.

Las escritoras de los pueblos originarios. Las mujeres campesinas que preservaron las historias de sus comunidades. Las trabajadoras que escribieron entre jornadas extenuantes. Las niñas que encontraron en los libros una primera posibilidad de imaginarse distintas. Las autoras que publicaron sin distribución, sin crítica y sin lectores suficientes para sostener sus trayectorias.

¿Cuántas obras permanecen todavía en los cajones de una casa? ¿Cuántos manuscritos desaparecieron porque nadie consideró importante conservarlos? ¿Cuántas escritoras fueron leídas únicamente desde su condición de mujeres y no desde la calidad, la complejidad y la originalidad de su propuesta literaria?

Estas preguntas no pertenecen exclusivamente al pasado.

Nos interpelan hoy.

La literatura también necesita condiciones

Celebrar a las escritoras exige mucho más que reconocer sus nombres una vez al año.

Supone preguntarnos quiénes acceden a la formación literaria, cuáles obras reciben apoyo editorial, quiénes participan en los circuitos de distribución y qué posibilidades reales tienen las autoras de vivir de su trabajo creativo.

La desigualdad cultural también se manifiesta en las condiciones materiales de la creación.

Una obra necesita tiempo para madurar. Necesita lectura crítica, procesos editoriales rigurosos, condiciones contractuales justas y mecanismos efectivos para proteger los derechos de autor.

Necesita librerías, bibliotecas, ferias, espacios de encuentro y políticas culturales que comprendan que la literatura no es un lujo reservado para unos pocos.

El talento, por extraordinario que sea, no debería depender exclusivamente del sacrificio personal de quien escribe.

Por eso, desde Alternativa Contracultura creemos que la democratización de la cultura no consiste solamente en abrir espacios para nuevas voces, sino en transformar las condiciones que históricamente han limitado su desarrollo y circulación.

Publicar una escritora no debería ser un gesto de concesión ni una cuota simbólica de inclusión.

Debería ser el resultado natural de un ecosistema cultural capaz de reconocer, acompañar y valorar la diversidad de sus creadores.

Escribir también es construir memoria

Cada generación recibe un mundo narrado por quienes la precedieron.

Y cada generación tiene la posibilidad de revisarlo.

La literatura escrita por mujeres nos permite reconocer dimensiones de la experiencia humana que con demasiada frecuencia quedaron fuera de los relatos oficiales. Nos acerca a las vidas privadas, a las relaciones de poder, a los afectos y las contradicciones de sociedades que no pueden comprenderse plenamente desde una sola mirada.

Pero su importancia no reside únicamente en recuperar lo que fue excluido.

Las escritoras no somos solo guardianas de la memoria: somos creadoras de futuros posibles.

Escribimos ciencia ficción, poesía, ensayo, novela histórica, literatura para las infancias, teatro y testimonio. Investigamos el lenguaje, construimos universos imaginarios y discutimos las certezas de nuestro tiempo.

No existe una única manera de escribir siendo mujer. Tampoco una sensibilidad obligatoria ni un conjunto de temas que nos pertenezcan por naturaleza.

Nuestra libertad literaria comienza precisamente en el derecho a no ser definidas de antemano.

A escribir sobre la guerra o sobre una mariposa. Sobre el amor o sobre las estructuras económicas. Sobre una infancia perdida, un planeta remoto o la sencilla belleza de una tarde cualquiera.

A escribir, incluso, aquello que nadie espera de nosotras.

Una celebración que debe continuar

En este Día de las Escritoras queremos reconocer a quienes abrieron caminos y a quienes apenas comienzan a recorrerlos.

A las que publicaron y a las que todavía buscan una editorial.

A las que escriben desde la memoria y a las que ensayan nuevos lenguajes.

A las que encuentran en otras escritoras una comunidad de lectura, amistad, pensamiento y colaboración.

Porque la creación literaria puede ser una experiencia profundamente solitaria, pero el desarrollo de la literatura es siempre una construcción colectiva.

Necesitamos leernos. Necesitamos encontrarnos. Necesitamos construir vínculos que hagan posible una circulación cultural más abierta, justa y diversa.

Y necesitamos comprender que la permanencia de una obra no se garantiza únicamente con su publicación, sino con la existencia de lectores, archivos, bibliotecas y comunidades capaces de mantenerla viva.

Desde Alternativa Contracultura, como espacio de creación, gestión cultural y desarrollo editorial, asumimos esa tarea como parte de nuestra razón de existir.

Queremos contribuir a que las obras encuentren lectores, a que sus creadoras ejerzan plenamente sus derechos y a que el patrimonio literario de nuestras sociedades se enriquezca con voces que durante demasiado tiempo permanecieron fuera de los grandes circuitos culturales.

No aspiramos a construir un espacio donde todas las escritoras piensen igual.

Aspiramos a uno donde todas tengan la posibilidad de pensar, disentir, imaginar y crear en libertad.

Porque una cultura verdaderamente viva no es aquella que repite las mismas voces, sino la que se atreve a escuchar lo que todavía no conoce.

Hoy celebramos a las escritoras que fueron, a las que somos y a las que vendrán.

Y también a aquellas cuyas palabras nunca llegaron a convertirse en libros, pero permanecen en nuestra manera de contar el mundo.

Porque las mujeres nunca estuvimos ausentes de la historia.

También la escribimos.

Y seguiremos haciéndolo.

ALTERNATIVA CONTRACULTURACreamos las condiciones para que cada obra encuentre mundo.

La cultura necesita condiciones para florecer.

Conocé cómo Alternativa Contracultura acompaña proyectos, artistas y comunidades.

Nuestra gestión cultural